Coffee break

Con el paso de los años, me voy dando cuenta que las cosas no siempre se consiguen dónde uno da por sentado que están. En el piso de arriba de mi oficina, que vendría ser el noveno, se aloja el call center de atención al público de una reconocida marca de aderezos para panchos y hamburguesas, que de repente “le da un toque mágico a tus comidas…” y uno debe creer que un buen cacho de carne al horno va a quedar mejor con mayon… aderezo encima. En fin, a lo que iba es que allí, en el 9no., trabajan un montón de adolescentes (y no tanto) con auriculares y microfonitos pegados a la cabeza, hablando en un léxico desconocido con términos como “headphone” “avail” “break” “time out” o “team leader”. La mayoría son de género (casi) masculino, terriblemente coloridos, movedizos, cuando salen a fumar al reducto que tenemos al lado de los ascensores empiezan a hablar zeziozamente (“ay zi! Y le dije, mire zeñora, la culpa no ez mía zi le vino el packashin azi… viztezzz?”) como cotorras mariconas. Y cuando pasas por el pasillo, o te los encontrás en el ascensor te comen (COMEN) con la mirada. Empiezo de nuevo: en el piso de arriba de mi oficina, que vendría a ser el noveno, se aloja un boliche gay que contesta llamadas de amas de casa y tipos al pedo hincha pelotas de manera desinteresada. Mi problema con los grupos sociales siempre han sido las generalizaciones. Si conozco a 4, rotulo a 100 por esos 4. Lo cual habla de mi poca paciencia para el trabajo de campo. Y he aquí la cuestión. Si de algo hemos hablado durante décadas es sobre la teoría de la praxis. Bien, hoy nuevamente comprobé que la vida misma me daría un nuevo tópico para mi investigación: “el objeto de estudio puede encontrarse en el lugar menos pensado”. O sea: EN EL NOVENO. La maquinita de café de nuestra oficina siempre es un misterio. Tiene humor propio. De tantos años que lleva con nosotros, creo que ha cobrado vida y, de tan bien que se lleva conmigo, se ha mimetizado con el humor perrísimo que tengo allí dentro. Esta semana la maquinita dijo basta. No quiso andar más. Que en paz descanse, pero necesito cafeína a las 9:30 de la mañana, to dos los dí as. Con lo cual me escabullí por ESCALERA hasta el homosexualísimo noveno, como una rata cafeinómana, a por una dosis. Si te lo estás imaginando, sí: iba con postura roedora. Cabeza agacha y olfateando para llegar derecho al aparato milagroso. Y en mi empresa por llegar, de repente, cuando estaba en el último escalón subí la cabeza y con ella le volqué un capuchino entero a un pibe. Que en lugar de echarme una gran putada me miró, se sonrió y me dijo “sabía que alguna vez ibas a subir, Juanjo del octavo”. De esa manera vergonzosa, de camisa decorada con gran mancha marrón, conocí a quién será mi Objeto de estudio 2 (y camioneramente hablando, uno de los mejores culos que vi en mi vida): Nico, el team leader.

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4 Respuestas a “Coffee break

  1. Un Gerard de Nerval hipermoderno.

  2. me gustó eso! claro, claro… je suis le ténébreux, le veuf, l´inconsolé, Le Prince d´Aquitaine à la tour abolie…

  3. No caso media de francés.

  4. no podia ser de otra manera, pero ya sabes lo que dice el refran: el que se acuesta con chicos, amanece….

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